lunes, julio 13, 2015

Paseo por el bosque junto a la incertidumbre

Zeist, en Holanda, es un pequeño pueblo cerca de Utrecht (a la que suelen llamar la hermana menor de Amsterdam, pero a mi me pareció más bonita). Es un pueblo tranquilo, muy ordenado, con poca gente en las calles y un gran bosque alrededor. Este bosque, en el que de vez en cuando se pueden ver ardillas, y tal vez uno que otro zorro, es muy seguro y muy visitado por la gente de los alrededores. 

En este bosque, mi host holandés me llevó a un picnic al atardecer. Comimos ensalada y pescado. Bebimos un vino suave orgánico. El lugar del picnic era una mesa solitaria en la cima de un montículo, rodeado de escaleras de madera. Todo lo demás eran árboles, de un color verde intenso. Uno que otro perro se nos acercaba para olfatear nuestra comida y se alejaba para buscar a su dueño. Conforme avanzaba la tarde, la quietud del bosque nos llenaba. Tanta tranquilidad era abrumadora, nada que ver con las ciudades anteriores holandesas que visité, llenas de turistas. Terminamos de comer y nos encaminamos hacia un lugar más profundo, hasta llegar a un lago, rodeado de tierra tan fina que parecía arena, junto con borregos que comían alrededor. En el reflejo del lago, un árbol en medio, con el atardecer justo detrás. Hermoso. Mientras avanzaba la puesta de sol, hice una reseña del lugar físico de la ciudad de México, el gran lago donde estaba Tenochtitlán, los volcanes, y la numerosa población que nos rodea. De pronto, la noche comenzó a aparecer, junto con un sentimiento de ansiedad. Mi host sabía perfectamente el camino de regreso, pero a mi la oscuridad siempre me ha causado una sensación de incertidumbre, la cual no me gusta. Curioso, pues en este viaje la incertidumbre me acompaña en cada paso que doy. Nos adentramos en la oscuridad de la noche en el bosque en el camino de regreso a casa. Solo podía percibir una leve sombra en el camino, y mi guía por delante. Mis temores comenzaron a surgir. Sabía que estaba en un lugar seguro, con alguien que sabía el camino de regreso, pero el no tener la sensación de tener el control de la situación es imponente. Me ha pasado varias veces en el viaje. Si mis host me hubieran dicho lo que íbamos a hacer, probablemente la idea no la hubiera aceptado. Con un host fuimos a ver molinos de viento en bicicleta, en un largo largo camino bajo el sol y la pradera. Terminé exhausta, pero con la sensación de felicidad de haberlo logrado. Fue igual en esta ocasión. Si hubiera dejado que mis temores me consumieran, me hubiera quedado en casa de mi host sin salir a ese maravilloso atardecer en el lago. Pero no fue así. Caminé a media noche por un bosque oscuro (pues ahí el sol se ocultaba como alrededor de las 11 de la noche por ser verano), y fue increíble como mi vista se acostumbraba a solo un poco de luz restante, a confiar en mis instintos y a percibir a mi alrededor como algo que podía sobrepasar. 

Así es este viaje, si lo pienso demasiado, no conocería gente maravillosa, no visitaría lugares que ni siquiera imagino que existen, y me quedaría sentada viendo la vida pasar. La confianza en la gente es vital. Por supuesto que hay gente de la que uno se tiene que cuidar, pero en la mayor parte de los casos la gente está dispuesta a ayudar, y es posible sacar lo mejor de cada uno cuando se comparte optimismo y sentimiento de felicidad con ellos.

Al menos para mi, descubrir que puedo hacer cosas que pensé que nunca haría, se llama libertad.